Wilfred, emblema de la franja

Fue uno de los jugadores más carismáticos y respetados de la afición rayista.

A mediados de la década de los 60’, cuando la ciudad nigeriana de Lagos comenzaba a experimentar su increíble crecimiento demográfico, llegó al mundo Wilfred Agbonavbare, quien años después dejaría huella en nuestro balompié.

Willy, vestido de chulapo – Diario MARCA

EL FÚTBOL COMO VÍA DE ESCAPE

La vida de Wilfred no fue distinta a la del resto de chicos de su edad, salvo por una pequeña excepción; había nacido con un claro cometido, el de defender el ancho y largo de una portería de fútbol. Esta pasión, unida a su indudable talento bajo los palos, le permitió convertirse con apenas 16 años en el portero titular del New Nigeria Bank, uno de los destacados de la primera división del fútbol del país.

Allí, junto a un elenco de grandes jugadores, fue capaz de alzarse con el título liguero de 1985 así como con 2 campeonatos de clubes de la WAFU, una competición también conocida como la Copa del General Eyadema y que terminó desapareciendo pasada la primera década del siglo XXI.

Como curiosidad, el New Nigeria Bank abrió paso al liderazgo nigeriano en la competición al convertirse en el primer conjunto del país en lograrlo.

LLEGADA A EUROPA

Su seguridad, tanto en balones aéreos como salidas, le permitió probar en el fútbol europeo, no siendo aquella primera toma de contacto la deseada. El Brentford, entonces equipo de la segunda división inglesa, no confió en el arquero de 23 años, algo que le obligó a volver a su país aunque no por mucho tiempo.

Tras unos meses en el BBC Lions nigeriano, llegó la llamada del Rayo Vallecano. El club madrileño había decidido incorporarlo a sus filas por recomendación de Felines, quién había quedado impresionado con las cualidades de Wilfred.

Así, con una baja remuneración y un piso pagado en Vallecas, nuestro protagonista se embarcó en un fútbol español donde acabaría dejando huella.

AMOR A LA FRANJA

Su incorporación al Rayo Vallecano en 1990 no fue más que el comienzo de una larga historia de idilio que se dilató hasta 1996, deportivamente hablando. En poco más de un lustro el cancerbero nigeriano defendió la meta vallecana hasta en un total de 177 encuentros, la inmensa mayoría de ellos en segunda división.

Su crecimiento desde que llegase a España fue el que todo jugador querría, al menos en sus primeros tres años. Comenzó alternando titularidades y suplencias para acabar dejando paso a su primer contrato profesional, sin olvidarse de la imprescindible segunda campaña donde afianzó las bases de su leyenda. Aquellos años dieron para mucho, como para dos ascensos a primera división y otro descenso a la categoría de plata.

Su rendimiento alcanzó cotas máximas en 1993, mismo año en que detuvo aquel famoso penalti a Míchel que permitió al FC Barcelona seguir vivo en una liga que poco después acabarían llevándose, y en que fue víctima de uno de los peores episodios racistas -o el que más- de nuestro fútbol.

 

UN SUPER ÁGUILA MÁS

Su desempeño bajo los palos no pasó desapercibido para su federación, siendo convocado en numerosas ocasiones.

Wilfred formó parte de aquel maravilloso conjunto que se alzó con la Copa África de Naciones en 1994 y que avanzó hasta los octavos de final de la Copa del Mundo de ese mismo año, aquella organizada en Estados Unidos y considerada por muchos como el mejor evento de selecciones de la historia. Pero eso es otro tema y para gustos, colores.

EL OCASO DE SU CARRERA

Como para toda persona los años pasan y van haciendo mella. En 1997, después de haberse convertido en icono de la franja, decide emprender una nueva aventura en el Écija, entonces recién ascendido a la categoría de plata de nuestro fútbol.

En una alineación con el Écija.

El conjunto andaluz, al igual que nuestro protagonista, no cuaja una buena campaña y bien pronto se ve relegado a los puestos de descenso, lugar del que nunca llegaría a salir y que les convertiría en uno de los equipos descendidos.

El panorama no era el más apetecible por lo que Wilfred decide volver al fútbol nigeriano para poco después, y a los 31 años, retirarse de la práctica deportiva. Ahí, sin saberlo, dio comienzo su particular infierno.

UNA NUEVA VIDA

Bien es sabido que un gran número de futbolistas no saben gestionar ni su dinero ni sus emociones una vez se alejan, ya de manera definitiva, de la que durante décadas ha sido su rutina. Pero no, el caso en cuestión nada tiene que ver.

La situación económica de Wilfred no era la de un futbolista profesional al uso, o no al menos la de un jugador actual. En sus primeros años en Vallecas apenas percibió remuneración alguna, cosa que le hizo difícil el afrontar un tratamiento médico para la que fuera madre de sus tres hijos y esposa.

Fue por ello que nuestro protagonista desempeñó todo tipo de trabajos para poder costearlo, desde entrenador de porteros en el equipo de fútbol de Coslada hasta gasolinero, sin olvidarse de sus experiencias como agente de viajes o descargando maletas en el Aeropuerto de Barajas, quedando esto último documentado en el programa televisivo El Jefe Infiltrado, de La Sexta.

Fotograma de su aparición en «El Jefe Infiltrado», de La Sexta.

Aun así, el cáncer, esta vez de mama, frenó en seco la vida de Wilfred llevándose consigo a su compañera de vida.

EL ÚLTIMO PARTIDO

Su economía, cada vez más mermada, le bastó para sobrevivir en España mientras invertía en el futuro de sus hijos, quienes estudiaban en su Nigeria natal. A su vez, tendría que volver a batallar con el cáncer, óseo en su caso.

Esta lucha, desgraciadamente, tuvo un infeliz final y es que Wilfred falleció a los 48 años en el Hospital Príncipe de Asturias de Alcalá de Henares, sin haber llegado a cumplir su última voluntad.

El Rayo, volcado como de costumbre con este tipo de acciones sociales, donó una pequeña cantidad para que sus primogénitos pudieran despedirlo, cosa que un problema con el visado impidió.

Y así, de esta forma tan cruel y desgraciada, fue como Wilfred pasó de icono a leyenda de la franja.

Wilfred, siempre en recuerdo – Unionrayo.es

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