Michael Ballack, gafe de profesión

Una trayectoria un tanto agridulce en cuanto a títulos se refiere.

La figura de Michael Ballack, ese mediocentro creativo y con capacidad defensiva, es de sobra conocida en el fútbol internacional. Nacido en Görlitz -ciudad de la antigua República Democrática Alemana- en septiembre de 1976, tuvo un largo periplo por el balompié germano así como por el inglés.

Tal fue su influencia en el fútbol teutón que sólo Franz Beckenbauer, el considerado como mejor jugador de la historia del país, ha sido nombrado jugador alemán del año en más ocasiones que nuestro protagonista.

Ballack, cuando aún era un niño.

SUS ORÍGENES

Desde muy temprana edad comenzó a destacar en su juego por un excelente control del balón, algo que años más tarde le serviría para debutar como profesional en 1995 cuando militaba en las filas del ya desaparecido BSG Motor Karl-Marx-Stadt.

Ese primer contacto con el fútbol de élite, que no de más alto nivel, no fue el esperado. Su equipo descendió a la tercera división, algo que le permitió ser el líder de aquel grupo y madurar tremendamente como jugador. El premio le llegaría tres años después, cuando fue traspasado al Kaiserlautern.

Sus primeros pasos en la élite.

NUEVOS RETOS

Fue allí, en el suroeste del país, donde continuó su crecimiento, convirtiéndose ya en el embrión del magnífico futbolista que años después nos deslumbró.

Con el Kaiserlautern disputó sus primeros minutos en la máxima categoría del fútbol alemán y debutó en Champions League ante el Karlsruher, ese viejo conocido de la afición valencianista. Su aventura europea con el conjunto rojillo llegó a su fin ante el Bayern Leverkusen, equipo por el que firmaría ese mismo verano y con el que su condición de gafe se daría a conocer.

LUCES Y SOMBRAS

En Leverkusen siguió creciendo, hasta así pasar de ser ese prometedor jugador a convertirse en una realidad del fútbol alemán. Pero nuevamente, tal y como le sucedió el año de su debut como profesional, la mala suerte se cegó con él.

El primer episodio de este particular drama balompédico lo vivió en el año 2000, cuando un desafortunado gol en propia meta lo convirtió en el principal culpable de que el conjunto aspirina no lograse el título liguero. Pero esto no sería nada en comparación con lo que vivió un par de años más tarde, en aquel famoso y fatídico final de temporada.

En mayo de 2002 el Leverkusen vivía uno de los momentos más dulces de su historia. El elenco teutón contaba en su plantilla con jóvenes pero talentosos jugadores entre los que además de Michael destacaban Lucio y Berbatov, cada uno siendo determinante en un área.

Aquel conjunto perdió en apenas dos semanas los tres títulos a los que optaba. Primero fue la liga en favor de un Borussia Dortmund que con Koller en punta parecía desahuciado en las últimas jornadas ligueras pero que fue capaz de recortar la casi insalvable distancia de cinco puntos que les separaba del líder. Luego, la Copa Alemana a manos de un buen Schalke 04.

Michael fue un espectador de lujo en el gol de Zidane.

Y más tarde, ya para poner la guinda al pastel, llegó la derrota en Champions League ante el Real Madrid, con Iker Casillas como principal protagonista del encuentro.

EN BUSCA DE UN FUTURO MEJOR

Su fichaje por el Bayern de Múnich parecía ya el paso definitivo en su carrera. El conjunto bávaro dominaba el fútbol nacional, aunque no tanto como en el momento en que se redactan estas líneas.

Allí ganó todo tipo de títulos, pero solo a nivel local. El jugador, movido por su ambición, quería más y firmó por el Chelsea, equipo que por aquel entonces presentaba un proyecto algo más ambicioso. La salida hacia Inglaterra se vio salpicada por la polémica y es que tanto Beckenbauer como la afición le reprocharon su bajo rendimiento en los instantes previos a la firma con el conjunto londinense.

Su llegada a la Premier League dio lugar, ya en primera instancia, a una curiosa anécdota. Jose Mourinho, el entonces técnico blue, le arrebató a Gallas el dorsal número 13 para así asignárselo a su nuevo fichaje, ese llamado a ser el líder del equipo cuando la ausencia de Terry lo permitiese.

Precisamente fue John Terry quién en la final de la Champions League de 2008 -aquella en que se enfrentaron a los red devils y en la que la lluvia fue la protagonista- agrandó la figura de Ballack como futbolista gafe.

El central inglés resbaló en el momento previo al golpeo, enviando así el balón lejos del arco defendido por Edwin Van der Sar y esfumándose opción alguna de levantar el cetro continental.

El momento más recordado de aquella final.

VUELTA A CASA

Ya en 2010, tras una década dando lecciones en el más alto nivel del fútbol mundial, decidió volver al Bayern Leverkusen para así colgar las botas dos años después en la que un buen día fue su casa. Allí, en 2012, se retiró de manera definitiva de la práctica deportiva.

Desde entonces seguro que ha tenido tiempo para recordar su andadura internacional, plagada también de constantes altibajos.

Junto a Klose maravilló al mundo.

En sus casi 100 encuentros como internacional absoluto por Alemania ha vivido todo tipo de situaciones, desde un cruel subcampeonato en el Mundial de Corea-Japón 2002 ante la Brasil de Ronaldo Nazario hasta una nueva medalla de plata en la Eurocopa de 2008 en la que la selección española deleitó al mundo, sin olvidarse de la eliminación a manos de Italia en semifinales de la Copa del Mundo que ellos mismos organizaron.

Una carrera que muchos catalogarán como una auténtica montaña rusa de emociones.

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