Los ricos también lloran

Balaídos, once de mayo de 2003. El Celta se enfrenta al Racing de Santander. Pablo Caballero —excelso portero argentino— comete penalti y es expulsado. En el banquillo, un chaval del filial de veintitrés años, con nombre de vecino de placeta y pinta de delegado del taller formativo de carpintería, sale al campo. Esa tarde encajó dos goles y tuvo una actuación discreta. Muchos en su entorno, incluso él mismo, pensarían en una carrera de éxito, en mantenerse en el club de su ciudad muchos años y jugar al menos cien partidos en la división de honor. Pero lejos de todo aquello, nuestro protagonista jamás volvió a defender una meta de Primera División.

Tras su paso por Vigo, probó suerte en otra localidad gallega: Orense. Aquí, en Segunda División, sus números fueron notables, razón que hizo que se fijara en él el Ciudad de Murcia, equipo que acababa de nacer a golpe de talonario y que llevaba años en ascensión. De allí, y tras varios años de idas y venidas rocambolescas, aterrizó en Granada, ciudad con más hambre de fútbol que de puchero. La afición, pronto vio en su nuevo portero a uno de sus incipientes ídolos. Y domingo tras domingo coreaban su nombre a ritmo de tambor.

Un paso breve e intenso por la máxima categoría de nuestro fútbol.

El equipo ascendió a Segunda A, y todo era perfecto, pero nuestro cancerbero volvió a caer en el olvido, pues el equipo pensó en otra persona con más galones en la división de plata para defender la meta nazarí. Tras dos años en la sombra, y sin apenas oportunidades en Segunda, y ninguna tras el ascenso a Primera, hastiado, el guardavallas vuelve a su tierra en busca de un club que confíe en él. El Lugo, en Segunda división, será su casa los próximos cinco años. Allí encontrará la confianza y la continuidad que nunca tuvo.

Tras esta etapa, todo hacía pensar que, a sus 37 años, aquél sería su último servicio. Pero hay veces que los futbolistas buscan una última oportunidad; ese último momento que reconforte y les deje colgar las botas —o los guantes— sin pensar que algo les quedó por hacer. Así, emigra a Elche, equipo en Segunda B, con el cual consigue ascender, como le ocurriera con el Granada.

Pero en Segunda vuelve a perder la titularidad, como le ocurriera en Granada, y sale con cuarenta años a la ciudad vecina de Alcoy, pues al igual que como reconocen a su equipo, nuestro protagonista tiene más fe que el Alcoyano. Un año y poco después, y tras sufrir un confinamiento, una pandemia y no quedarle ni un mísero pelo en el flequillo, el portero cuarentón y su equipo esperaban buenaventura en el sorteo copero. Entendamos como buenaventura enfrentarse a alguno de los dos colosos de nuestro futbol: Madrid o Barcelona.

En Granada -flequillo mediante- se forjó el ídolo de una necesitada afición.

Mientras, unos cientos de kilómetros más al oeste, el presidente de la entidad merengue, en una de sus juntas electorales, escupía entre líneas el montaje de una Superliga europea, para regocijo de sus seguidores, y para lamento del resto de los mortales. La buenaventura llegó, y al todopoderoso Real Madrid, indigno de perder su tiempo en competiciones menores, le tocaba —le gustase o no— mover el culo hasta el Municipal de Fútbol El Collao, sito en la localidad de Alcoy.

Y allí se dio cita, sin escatimar mucho fulano, todo sea dicho, pues los antecedentes no eran muy halagüeños para el risueño de Zidane. Lo que después pasó casi todos lo saben. El pelón de cuarenta y un años dejo secas a las figuras de la capital. Atajó casi todo lo que merodeo su área, y llevó a su equipo a la siguiente ronda del torneo de los humildes.

Estoy seguro de detrás de la televisión, miles de personas celebraron las paradas de este buscavidas; y que media España, al igual que años ha en el Estadio Los Cármenes, coreó aquello de: ¡Jo-se, Jose Juan; Jose Jose Juan! La otra media se lamentaría por la desdicha de su equipo. O quizá se alegró de ver como un chico de barrio alcanzó la gloria, derrotando a un coloso.

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