Las tres cruces de Pepe Ortiz

Así se fraguó una agónica e inesperada salvación.

El fútbol de antaño nos deja historias rocambolescas, relatos surrealistas. En el día de hoy tenemos con nosotros una anécdota que pocos aficionados al balompié, más allá de los seguidores del Real Sporting de Gijón, conocen. El conjunto asturiano puede presumir de ser uno de los pocos que siempre se ha mantenido en las dos primeras categorías de nuestro fútbol, no sin fortuna de por medio.

Este equipo famoso, que a Gijón le dio la fama, con rancia solera y brillante historial, vivió a mediados del pasado siglo una de las épocas más negras de su historia. Tras una turbulenta década de los ’50, donde los ascensos y descensos eran la tónica dominante, llegaron los años ’60. Fue entonces cuando se asentaron las bases de aquel conjunto que se mantendría, años después, más de 20 temporadas consecutivas en la máxima categoría del panorama nacional.

Fue en aquella temporada 1960/61 cuando se dio el milagro. El elenco rojiblanco sobrevivía como buenamente podía. En el plano deportivo los resultados no acababan de llegar, muestra de ello fue la desastrosa promoción ante el Burgos, donde el conjunto castellano les relegó a tercera división. En el apartado económico, debían hacer frente a una deuda que superaba los seis millones de pesetas, una tremenda losa. La situación era caótica.

Ese conjunto, que a finales de campaña acabaría relegado a una segunda promoción por evitar el descenso, estaba capitaneado por Pepe Ortiz, un jugador que acabaría pasando a la historia de la entidad. Aquella fase extra, casualidades de la vida, se organizó tras la renuncia del Condal de Barcelona a su plaza en la categoría de plata, todo motivado por la también delicada situación económica por la que pasaban los catalanes.

Su hueco debía ser cubierto por algún club, por lo que, tras desestimar la petición del conjunto asturiano de ocuparla por proximidad en la tabla, la federación decidió organizar el evento. Sestao, Sevilla Atlético, Castellón y Sporting de Gijón serían quienes pugnasen por mantener la categoría. El formato sería sencillo, dos semifinales y una final, a partido único. El ganador del torneo, conseguiría la permanencia.

El Sestao, poco antes de la disputa de su encuentro, renunciaría también a la plaza, pasando el filial sevillista a la final. Castellón y Sporting de Gijón medirían sus fuerzas en un partido de infarto. Relatan las crónicas de la época que el partido fue igualadísimo, fruto de ello se llegó al final del mismo con tablas en el marcador. Ambos equipos encajaban dos tantos y tocaba jugársela en una prórroga que también acabó en empate, a pesar de que el conjunto orellut había conseguido adelantarse en el luminoso.

El Sevilla Atlético, sin perderse ni un detalle, esperaba el desenlace de aquel duelo. La final, organizada para el día siguiente, debía disputarse sí o sí, no había otra opción posible. Cabe recordar que en esa época no existían, al menos en España, las tandas de penaltis, lo que motivó que la balanza se desequilibrase por el lanzamiento al aire de una moneda. Así, sin anestesia.

Fue entonces cuando Pepe Ortiz, fiel a sí mismo, eligió la cruz, la misma por la que en los dos anteriores sorteos del encuentro se había decantado. Y ahí, mientras la moneda se alzaba a los cielos de Palma, el Real Sporting de Gijón se jugaba la vida.

La suerte acabaría sonriendo a un elenco rojiblanco al que tan sólo hora y media de juego le separaba de la que meses antes parecía una inimaginable salvación. Aquel trozo de metal, que el propio Ortiz reclamó como recuerdo al colegiado, salvaba al club de la más que posible desaparición.

La final, donde un fresco Sevilla Atlético esperaba, no fue más que un mero trámite para los asturianos, quienes por la mínima vencieron y certificaron la salvación.

Hay quién asegura que aquel día el Real Sporting de Gijón agotó toda su fortuna, que vendió su alma al diablo. Es por eso que muchos bromean con que esa agónica salvación les acabaría privando de la tan necesaria suerte para alzarse con aquella liga que el Real Madrid les arrebató, o con las finales coperas de principios de los ’80, con el queridísimo Quini como verdugo.

Cierto es, que la gente no menciona otros escenarios mucho más recientes. Castellón primero y Sevilla después, son dos buenos ejemplos de cómo al Real Sporting de Gijón la fortuna siguió sonriéndole. Pero eso, eso ya es otra historia.

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