La Grecia que añoramos

El conjunto heleno pasó a la historia en el verano de 2004.

La Eurocopa, desde su primera edición en 1960, nos ha dejado numerosas anécdotas; el penalti de Panenka o la Dinamarca de 1992, son algunas de ellas. Pero si hay una que destaca entre las demás, esa es la gesta del combinado griego en la edición de 2004.

Todos, de una forma u otra, estaremos de acuerdo con que el fútbol heleno nunca ha destacado en el panorama continental, más allá de las actuaciones de algún que otro club en competiciones europeas.

Podemos entonces calificar el fútbol griego como carente de nivel, al menos en el plano más superficial y mediático. Pero una cosa debemos tener en cuenta, y es que en el verano de 2004 el combinado nacional, con el veterano Otto Rehhagel al frente, protagonizó una de las mayores hazañas que se recuerdan en una Eurocopa.

Cualquier futbolero que se preste recordará aquella edición; bien por el pobre papel de una jovencísima selección española o por las decepciones de combinados destinados a alzarse con el título, como el alemán o el italiano, quien no superó la fase de grupos tras el conocido biscotto entre las selecciones nórdicas.

Volvamos a la importante, a aquel elenco de jugadores apenas conocidos que poco a poco, no sin sufrimiento de por medio, fue avanzando rondas hasta plantarse en la final del torneo. El inicio de esta aventura se remonta al año 2002, cuando Otto Rehhagel recala en el banquillo heleno. El objetivo por aquel entonces era claro; intentar lograr el billete que les daba acceso al campeonato europeo que un par de años después acogería el territorio luso.

Aquello, por difícil que pareciese, se logró con cierta soltura, clasificándose para la fase final como primera de grupo y por delante de la España de Iñaki Sáez. No obstante, aquello no eran más que destellos en la más cruel oscuridad, por lo que nadie les tomó en cuenta.

UN GRUPO DE TEMER

Las quinielas se pusieron aún más desfavorables cuando, ya en 2004, quedaron enrolados en uno de los grupos más complicados del torneo; Portugal, España y Rusia serían sus rivales. El debut, inmejorable. El combinado heleno dio un golpe sobre la mesa al imponerse por la mínima al conjunto anfitrión, una Portugal en la que ya destacaba Cristiano Ronaldo.

Con los tres puntos bajo el brazo los cuartos de final se veían más cerca que nunca, aún así debían ser prudentes. Dos empates ante los otros rivales de grupo les sirvieron para acceder como segundos clasificados a cuartos de final, donde esperaba una Francia que cumplía ciclo tras unos años exitosos.

El combinado galo, con Henry o Trezeguet en sus filas, vio como el correoso elenco heleno les apeaba a las primeras de cambio. El balón parado, que a la postre acabaría siendo junto a la solidez defensiva la firma de los griegos, había sido clave, y Charisteas se vestía de héroe.

Aquel sueño no podía pintar mejor, a pesar de que la poderosa República Checa aguardaba en semifinales. Pero no, los Koller, Milan Baros o Nedved no amedrentaron a los de Rehhegel, quienes de nuevo a balón parado abrían la lata y accedían, de manera histórica y heroica, a la final.

UNA ÚLTIMA BATALLA

Allí, con todo de cara, esperaba Portugal. Los lusos lo tenían todo listo para festejar el que sería su primer título de selecciones absolutas pero quedaba un último obstáculo, aquel grupo de jugadores no tan técnicos que habían llegado a la final a pesar de portar el cartel de cenicienta del torneo.

Esa temporada pondría, de nuevo, el foco del fútbol europeo sobre ellos. El Porto, con Mourinho a los mandos, había levantado unas semanas antes la Champions League, galardón que les reconocía como el mejor conjunto del panorama continental, algo que estaba a punto de ratificar el combinado nacional a nivel selecciones.

Figo, Deco, Carvalho o Cristiano Ronaldo son sólo algunos de los nombres de aquel increíble grupo que, finalmente, acabó sucumbiendo ante la peleona y ordenada selección griega. De nuevo Charisteas, y de nuevo un balón parado eran suficientes para que los de Rehhegel abrieran la lata, una lata de la que nadie más pudo disfrutar.

Y llegó el pitido final. Mientras la afición lusa lloraba rabiosa, los helenos festejaban sorprendidos, siendo conscientes de la increíble hazaña que acababan de lograr; ¡Eran campeones de Europa!

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