La gran odisea búlgara

Un largo camino plagado de anécdotas.

La Copa del Mundo de 1994, aquella celebrada en Estados Unidos y considerada por muchos como una de las mejores citas mundialistas de la historia, nos presentó en sociedad a un hasta entonces desconocido combinado búlgaro.

Los de Europa del Este tenían un juego bastante particular, siendo su principal arma el infravalorado arte del contrataque, ese estilo del que los más puristas reniegan. Además, la garra de todos sus jugadores fue poco a poco deleitando a los millones de espectadores que disfrutaron del evento.

Aquel magnífico combinado búlgaro.

UNA LUCHA EXTRADEPORTIVA

Desde el fin de la II Guerra Mundial, Bulgaria se constituyó como uno de los estados socialistas que conformaban el Bloque del Este, el también conocido como Bloque Comunista durante la Guerra Fría. Este panorama político se mantuvo durante décadas hasta que en 1989 se instauró una democracia parlamentaria.

El país, aprovechando su estratégica situación geográfica como paso obligado de innumerables rutas, comenzó poco a poco a progresar. Uno de esos avances permitió a sus futbolistas practicar el balompié lejos de sus fronteras sin haber cumplido los 28 años, hasta entonces requisito que se presumía indispensable si algún ciudadano búlgaro deseaba probar suerte en el extranjero.

Este soplo de aire fresco permitió a muchos jugadores lucir por distintos clubes europeos, formándose entonces una generación única que comenzaba a dar que hablar a lo largo y ancho del viejo continente. En aquel combinado sobresalía la figura de Stoichkov, un ariete que años después y locura de por medio se convertiría en leyenda culé.

Stoichkov, un jugador de época.

UNA CLASIFICACIÓN AGÓNICA

El camino hacia una Copa del Mundo nunca es sencillo, menos aún para una selección cuyo principal objetivo no es el de clasificarse para la fase final del evento. Eso sí, nuestros protagonistas llegaron con vida al encuentro decisivo. Allí, con el apoyo de su gente, les esperaba la siempre temible selección gala.

Aquel día la mejor jugada del combinado búlgaro ocurrió fuera del terreno de juego, un movimiento que ni el mismísimo Veselin Topolov -Gran Maestro y campeón del mundo de ajedrez- hubiese firmado. El gol de la victoria, aquel que les permitió disfrutar del sueño americano, lo anotó Emil Kostadinov, un jugador que había accedido a Francia de manera ilegal para disputar el importante encuentro.

La locura se desató bajo el cielo de París.

Cuenta la historia que el bueno de Emil, con la ayuda de Borislav Mijailov -capitán de la selección- y Gueorgui Georgiev, pudo cruzar la frontera germano-francesa oculto en el automóvil de este último. Ambos jugadores, cómplices del que posteriormente fuera goleador, militaban en las filas del Mulhouse francés y conocían a la perfección la fragilidad de ciertos puestos fronterizos.

UNA SELECCIÓN PECULIAR

Bulgaria es de sobra conocida por su diversidad geográfica y meteorológica, siendo las nevadas cimas de los Balcanes o la cálida y soleada costa del Mar Negro una buena prueba de ello. Pues bien, esa variedad pudo verse también reflejada en la plantilla que Dimitar Penev decidió llevarse a la cita mundialista. Aquella convocatoria estaba plagada de gente con carisma.

Por un lado teníamos a la ya conocida figura de Stoichkov, un jugador que hacía las delicias de la afición culé locuras de por medio. Una de ellas, por poner un ejemplo, fue el famoso pisotón a un colegiado que le costó una sanción de dos meses sin jugar. También cabría añadir que logró 15 títulos como azulgrana, casi nada.

La de Hristo no era la única cara conocida de aquel combinado. Había, al menos, otros dos sujetos que sonaban al gran público nacional. Uno de ellos era el ariete Velko Iotov, que pasó con más pena que gloria por el cuadro perico. El otro, Ilián Kiriakov, un polivalente y menudo lateral pelirrojo que entonces militaba en las filas del Mérida, previo paso por A Coruña.

Podríamos añadir también las figuras de Letchkov y Mijailov. El primero de ellos echaba la culpa de su calvicie a la radiación nuclear de Chernóbil mientras que el segundo solucionaba ese mismo problema con un buen peluquín.

Yordan Letchkov y su pobre cabello.

UNA ACTUACIÓN HISTÓRICA

Nuestros protagonistas, con la sensible baja por enfermedad del valencianista Lubolsav Penev, llegaron a la Copa del Mundo sin expectativa alguna y tras quedar encuadrados en el grupo con las siempre respetadas selecciones de Argentina y Nigeria así como con Grecia, combinado con quien se repartían la condición de cenicienta.

El encuentro inaugural, ese que les midió al conjunto africano, acabó tal y como muchos esperaban, con una abultada derrota. Lejos de disgustarse, el seleccionador búlgaro permitió a los suyos una noche loca en la que las mujeres -muchas de ellas esposas-, el alcohol y el tabaco se repartieron el protagonismo.

La fiesta fue tremenda, casi tanto como su poder revitalizador. Los de Europa del Este le endosaron a Grecia un contundente 4-0, logrando así la histórica primera victoria búlgara en una Copa del Mundo. El efecto continuó y en el duelo que les enfrentó a Argentina vencieron por 0-2, accediendo entonces a octavos de final donde derrotaron a México, tanda de penaltis y larguero roto de por medio.

Los jugadores mexicanos junto al famoso larguero.

De repente, sin apenas darse cuenta, se encontraban en cuartos de final y a tan sólo unos escalones de la gloria. Esta vez era el turno de Alemania, que pese a tener una mayor entidad cayó derrotada por la mínima en una victoria catalogada por Hristo como fácil.

En semifinales aguardaba Italia, un combinado que días antes había apeado a España en un encuentro que difícilmente podrá olvidar Luis Enrique, seleccionador nacional en el momento en que se escriben estas líneas. Los transalpinos hicieron lo propio con el conjunto búlgaro sirviéndose de dos goles de los Baggio, uno de Dino y otro de Roberto.

La aventura de los de Penev había llegado a su fin y ya sólo quedaba luchar ante Suecia por lograr la medalla de bronce de la cita mundialista. Aquel encuentro ante el combinado nórdico se saldó con una derrota más contundente aún que la del partido inaugural, cerrándose así la histórica participación búlgara en Estados Unidos con un abultado 4-0, firmando Larsson uno de los tantos.

Larsson certificó la medalla de bronce sueca.

Y así, como si del guion de una película de acción se tratase, Bulgaria protagonizó la que hasta ahora es -y se presume que será- su mejor actuación internacional. El fútbol, nuevamente, sirvió como vía de escape para toda una nación.

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