Kubala, sin pasaporte

La figura de Ladislao Kubala es de sobra conocida en nuestro fútbol, tanto a nivel nacional como internacional. Y no es para menos. Su trayectoria esconde una anécdota desconocida para muchos.

Ladislao nació en Budapest, capital de Hungría, a finales de la segunda década del pasado siglo. Sus primeros años de vida, adolescencia incluida, se vieron marcados por el desarrollo de la Segunda Guerra Mundial, un conflicto bélico que a nadie se le escapa.

Fue en aquella adolescencia cuando debutó en el fútbol profesional húngaro, en las filas del Ferencvaros TC, equipo en el que recaló tras una buena temporada en el Ganz Tora, donde realmente se inició. El contexto social y político de la época era más que complicado, fruto de ello nuestro protagonista emigró a Checoslovaquia, llegando a ser internacional hasta en seis ocasiones con el combinado nacional a pesar de haberlo sido anteriormente en su país natal.

Allí se enroló en las filas del SK Bratislava, hasta que el ejército checo lo reclamó. Fue entonces cuando decidió volver a Hungría, de donde anteriormente había huido para evitar, entre otras cosas, el tener que realizar el servicio militar. Con la selección magiar llegó a disputar otros tres encuentros internacionales antes de volver a emigrar, esta vez a Italia y de una forma mucho más dramática.

Cuenta la historia que un buen día se despidió de su madre sin llegar a comentarle la jugada que había planeado. Con la ayuda de unos contrabandistas, y junto a otros compañeros, cruzó la frontera que separaba en la II GM el bloque capitalista del comunista, el conocido como telón de acero. Así, como si de una película se tratase, llegó a Italia.

Esta huida de su país natal trajo consigo una tremenda polémica. La Federación Húngara de fútbol consideró su actuación como propia de un estafador y traidor, apartándolo entonces de las convocatorias del combinado nacional. Algo que, visto en perspectiva, seguro que acabaría agradeciendo.

En Italia se enroló en las filas del Aurora Pro Patria 1919, único club que en aquel entonces le ofreció la estabilidad económica que necesitaba. Poco tiempo después acabó, junto al resto de su familia, en el campo de refugiados de Cinnecita. Contaban quienes le conocían que esta faceta, la familiar, fue siempre muy importante en su vida, siendo descrito como un hombre generoso y caritativo, con unas fuertes convicciones religiosas.

Fue en aquel campo de refugiados donde su vida daría un giro radical. Allí, junto a otros compatriotas, conformó la plantilla del Hungaria, un reconocido club de la época. Sus actuaciones eran espectaculares, y fruto de ello el Torino, uno de los grandes por aquel entonces, intentó acometer un fichaje que no llegó a buen puerto. El conjunto turinés protagonizó un año después, y tras una gira triunfal por Europa, una de las mayores tragedias aéreas que se recuerdan en el deporte, la de Superga.

De haberse dado esa firma el mundo se hubiera quedado sin la figura del balompié húngaro por excelencia, y Barcelona no habría oído hablar del que acabó siendo un icono culé.

Ladislao llegó a las filas del conjunto blaugrana después de que el Hungaria, dónde compartía once con su cuñado, se enfrentase al RCD Espanyol en la ciudad condal. Su incorporación acaparó las portadas de la prensa, más aún si tenemos en cuenta que su debut se demoró por casi un año debido a trabas burocráticas.

Poco a poco, haciendo gala de su superioridad física, visión de juego y técnica sobresaliente, fue convirtiéndose en el ídolo de la afición. También ayudó su eficacia rematadora así como su enorme capacidad de liderazgo. Bien pronto se convirtió en el pilar de aquel famoso conjunto de las 5 copas, marcando un antes y un después en la historia del club.

Pero este matrimonio vivió, siendo Kubala veterano, un conato de divorcio. Ladislao decidió coger las riendas del equipo pero tras un mal comienzo liguero acabó siendo destituido, algo que le motivó a descolgar las botas y volver al césped, propuesta que la directiva desestimó. Este desplante -o al menos así lo consideró- propició su fichaje por el RCD Espanyol. Aquello fue una enorme sorpresa.

No mucho después, su carrera como futbolista, donde también fue internacional con la selección española, llegaría a su fin. Tocaba reinventarse y volver a los banquillos, puesto que finalmente ocupó tanto en el conjunto culé como en La Roja, donde estuvo al frente durante once años. Casi nada.

Dentro de sus innumerables anécdotas destaca alguna por encima de otra. Como el aquel 31 de mayo de 1956, cuando disputó unos minutos con la elástica merengue en un encuentro en el que se homenajeaba la figura de Luis Molowny, ariete canario venerado en el viejo Chamartín. Tampoco puede pasar por alto su récord, compartido con Bata del Athletic Club, como el jugador que más goles ha anotado en un encuentro, al endosarle siete al Real Sporting de Gijón. Además, es considerado como el primer gran especialista a balón parado de la historia.

Finalmente, Kubala falleció en 2002, un par de años después de concedérsele la Gran Cruz de la Real Orden del Mérito Deportivo. Tras él dejó un legado que aún pervive entre los culés, así como una bonita y curiosa historia.

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