El ogro de Karlsruher

Un guardameta querido y odiado a partes iguales.

Poco antes de que el hombre -teóricamente- pisara la Luna, llegó al mundo el que años después se convertiría en uno de los principales símbolos del balompié alemán. Aquello tuvo lugar en Karlsruher, una de las ciudades más cálidas y soleadas del país, separada de Francia por apenas 15 kilómetros. Una ciudad que también vio nacer a Oliver Bierhoff, autor del primer gol de oro en una competición internacional, ese tanto que bien valió una Eurocopa para el combinado teutón en 1996.

Su etapa formativa -la de Oliver Kahn, el protagonista de estas líneas- así como salto al profesionalismo, tuvo lugar en el club de su ciudad natal. Ahí fue donde se forjó un portero ágil, de enormes reflejos y con un temible carácter que no diferenciaba entre compañeros y rivales cuando la situación bien lo requería. Un guardameta que de sobra es recordado por la afición valencianista puesto que fue de la partida en aquel dramático encuentro de la Copa de la UEFA en que el conjunto che recibió siete tantos, siendo aquella la mayor humillación europea sufrida por los entonces dirigidos por Guus Hiddink.

Un joven y serio Kahn posa ante la cámara.

Poco después, en 1994 y coincidiendo con el centenario de su club de formación, hizo las maletas para poner rumbo a Múnich, donde acabaría convirtiéndose en leyenda y logrando un envidiable palmarés en el que destacan ocho campeonatos ligueros alemanes, seis copas nacionales y una Champions League, además de otros tantos logros entre los que casi por obligación habría que incluir los tan habituales enfrentamientos con aficionados y jugadores del Real Madrid.

También hizo carrera en el combinado nacional alemán, donde acabó siendo el habitual portador del brazalete de capitán. Con Die Mannschaft acumuló hasta un total de 86 internacionalidades, alzándose con la anteriormente mencionada Eurocopa de 1996 y quedándose con la miel en los labios en la Copa del Mundo de 2002, aquella en la que fue nombrado Balón de Oro. Una aventura, la internacional, que llegó a su fin con la disputa del tercer y cuarto puesto del Mundial 2006, aquel celebrado en tierras germanas.

Junto a Nazário en la cita mundialista de 2002.

Conocido como “El Titán”, era y sigue siendo 188 cm de puro nervio y competitividad, faceta que bien mostró para asombro de propios y extraños en un evento benéfico al que fue invitado en calidad de referente para los allí presentes.

Según cuenta Tor!, su papel en aquella cita debía limitarse a fingir ser goleado por unos niños de apenas diez años de edad. Cada gol anotado por aquellos inocentes lanzadores sería premiado por los patrocinadores con una determinada cantidad, todo por el bien de la causa. Una idea que no debió ser del agrado de Kahn, quien por poco deja su puerta a cero. Aquello, ahora recordado entre risas, se viralizó y causó cierto malestar en el país teutón.

Siempre cariñoso con sus rivales.

En 2008, tras disputar 781 encuentros como profesional, colgó los guantes y sus míticas Copa Mundial negras para obtener un Máster de Administración General y acabar creando su propia empresa. Aquella aventura no le impidió seguir ligado al balompié, ese deporte que nos dejó entre otras muchas cosas una curiosa viñeta cómica en la que el señor colegiado, a la par que daba comienzo al encuentro, expulsaba al meta por feo. Un ogro al que el fútbol, de una forma u otra, anhela.

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