El misil efímero

Imposible no recordar su breve e intenso paso por nuestro balompié.

Agonizaba el verano del 2007. Mis vacaciones llegaron a su fin, y como todo aquel que se cruza la península en los días de asueto estival, mi familia y yo hicimos parada casi obligada en la capital. Allí, casualmente, esa noche jugaba la vuelta de la Supercopa de España el Real.

Concha Espina y sus alrededores eran una fiesta, repleta de forasteros venidos de uno y otro lugar, y desconocedores de toda la parafernalia que envuelve el gran negocio del fútbol. Y allí que nos colamos mi padre y yo. En el Bernabéu, cualquier esquina era como si te acomodaras en la Tribuna del club de mi ciudad. Sin hablar de la impresión que radiaba aquel teatro con la multitud agolpada y con ganas de espectáculo.

En el Madrid debutaba un holandés. Morenito, recortado y más apretado que un kilo de azúcar. De pelo largo, por momentos te recordaba al bicho aquel que se hartó de perseguir por la jungla Schwarzenegger, llamado Depredador. Yo, que algún periódico había hojeado en el chiringuito, ya había odio hablar de él. El fulano de mi derecha se veía que estaba más puesto: “Dicen que es el nuevo Roberto Carlos”, le comentaba muy técnico a su compañero.

Royston, con el combinado nacional neerlandés.

Al chaval, en los primeros compases, se le vio activo y con muchas ganas. Pero fue en el minuto veintitrés, y con el Sevilla habiéndose adelantado en el marcador instantes antes, cuando agarró una pelota en tres cuartos de campo, se zafó con un sutil golpe de exterior de un rubio que le incordiaba, y desde más de treinta metros la reventó para asombro del portero sevillista, y delirio de la parroquia blanca. Soberbio, a la vez que increíble. Ni el tío del bigote que estaba en el banquillo, llamado Schuster, daba crédito.

Mi padre me preguntó qué quien era. El analista de mi derecha, una vez recuperada la consciencia, golpeó con el codo a su amigo acompañándolo de un “¿qué te había dicho?”. El partido terminó con una palangana de goles por parte de ambos lados, y con el equipo local perdiendo la copa. Pero a la plebe únicamente se había quedado con la imagen del misil del holandés, y la ilusión por volver a ver a su nuevo astro.

Un gol que aún perdura en la memoria de muchos.

Como buenos foráneos, nos pasamos por la tienda del club. No por comprar, sino por oler. Pero al final siempre cae algo, aunque sea un imán de frigorífico. En la cola de caja, delante de mí, había un niño de unos doce años sacando ansioso de la bolsa que le acababan de dar, una camiseta que estaba pagando su padre. Llevaba el dorsal 15, y el nombre de Drenthe. Yo, metomentodo, le dije: “Es mejor esperar a que el futbolista se haya retirado para comprarse una camiseta con su nombre”. El niño frunció el ceño y contestó: “¿tú has visto qué gol?”. Me limité a sonreír, y el niño se fue dichoso a disfrutar de su camiseta.

Del morenito holandés y de su zurda poco más se supo. Tras aburrirse él de todos sus entrenadores y todos sus entrenadores de él, se largó a Alicante. Allí, tras su paso por el Hércules, con más desdicha que gloria, voló a la Premier, donde alguna pincelada rescató algún domingo. Pero la indisciplina, otras aficiones como el rap, y cosas que a veces te hacen olvidar el talento que tienes, le hicieron perderse en la inmensidad del ostracismo.

Muchas veces me he preguntado qué haría mi amigo de la tienda de merchandising con la camiseta. Cuántas veces se la pondría hasta aburrirse de que sus amigos se rieran de su dorsal, o qué día la mandó al fondo de su armario para siempre.

El rap, su gran pasión.

Después de mucho tiempo sin saber de él, el otro día me topé con una noticia que anunciaba la vuelta del morenito a nuestro fútbol. Concretamente a un equipo murciano de tercera división. Se le veía igual: empaquetado y con los mofletes hinchados. Pero ya sin aquel pelo tan característico.

Intenté reparar en el porqué de la insistencia, no ya sólo de este, sino de otros como él, que en vez de acomodarse con un puesto trivial en algún club, o de comentarista en algún programa absurdo televisión, persisten en entrenar todas las mañanas, e intentar que su entrenador confíe en ellos para jugar el sábado. Y lejos de concluir que puede ser por interés económico, pretendes creer que es por el mero hecho de disfrutar de algo que te gusta, o de pensar que aun te queda algo que contar, así sea calentando en una banda encharcada de la inmunda tercera, o helándose en la grada de uralita de un club que no tiene ni para pagarle al que vigila el campo.

Con un poco de suerte, mi amigo de aquel verano, visitaba Madrid desde alguna localidad de Murcia, y se haya enterado de que su ídolo ha vuelto. Quizá ahora pueda sacar la camiseta del fondo de algún cajón, y ponérsela el próximo día que el virus lo deje jugar al fútbol. Alguno seguro que pregunta, como mi padre, qué quién es ése. Él bien podrá decirle: un infeliz que persigue un sueño.

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