El amor imposible de Diego Armando Maradona.

Una negociación que bien pudo cambiar la historia del balompié.

La UD Las Palmas, hace no tanto en boca de todos por la incorporación de Jesé y sus carencias en lo que a diseño gráfico se refiere, fue la primera referencia internacional de Diego Armando Maradona. Una referencia lógica si tenemos en cuenta que Diego, desde su Argentina natal -esa que tanto amaba y defendió-, veía triunfar a varios de sus compatriotas en las filas de la Unión Deportiva. Los Carnevali, Wolff, Brindisi o Morente eran buenos ejemplos de ello.

Aquella admiración por el elenco insular dio lugar a lo que hoy, desde la distancia y perspectiva que nos brinda el tiempo, consideramos una de las grandes anécdotas del balompié canario. Una historia que González Fulgencio, ex concejal de Las Palmas de Gran Canaria, reveló.

El Diego, de bien joven.

EL COMIENZO DE TODO

Para contextualizar, tenemos que situarnos en la Argentina de 1978. El país, bajo el dominio del general Jorge Videla, veía crecer a un joven que hacía las delicias de quien lo observaba. Ese chico, de abundante cabellera y que respondía al nombre de Diego, era poco más que un adolescente y, lógicamente, contaba con nula experiencia en el fútbol del más alto nivel.

Gregorio González Fulgencio, el ya mencionado concejal, viajó a Argentina por asuntos de negocios y fue invitado por el diputado Gallo a ver el encuentro que entonces enfrentaba a Argentinos Juniors con San Lorenzo de Almagro, en el Gasómetro. Un duelo que bien podría haber quedado para la historia.

Allí, el bueno de Gregorio y bajo la previa advertencia de su compañero, se enamoró de un joven malabarista que, balón mediante, arengaba a las masas. Era un genio, y el fútbol español debía saber de su existencia. Fue por ello por lo que se puso manos a la obra y acometió un primer acercamiento, con la UD Las Palmas -el equipo de su tierra- como principal beneficiario.

TE QUEREMOS, DIEGO

Las conversaciones por aquella futura estrella, posteriormente dominante del balompié mundial, avanzaron. Lo hicieron hasta tal punto que incluso llegó a cifrarse su hipotético traspaso por una cifra que hoy en día suena ridícula: 18 millones de pesetas. La familia Maradona, ilusionada, daba luz verde a una operación que a punto estuvo de lograrse, o eso pareció en un primer momento.

Maradona, de amarillo. La imagen con la que muchos llegaron a soñar.

Comentaba nuestro concejal a un periódico isleño que la realidad de todo aquello fue bien distinta y es que la Unión Deportiva nunca tuvo la intención de firmar a un jugador que no conocía, con el hándicap de su corta edad y experiencia. Una incorporación que de haberse dado bien podría haber cambiado la historia del elenco amarillo.

Tal era la predisposición del bueno de Diego por recalar en las islas que, en una reunión para charlar sobre su futuro, llegó a entregar a González Fulgencio un álbum personal que recogía su aún escasa trayectoria deportiva, a modo de currículum. Ese álbum, cosas del destino, fue recuperado por el jugador argentino años después, cuando ya en condición de astro mundial visitó el Insular con motivo de la disputa de la semifinal copera.

PASIÓN POR LAS ISLAS

El acercamiento, con sus posteriores lamentos, no fue exclusivo de la Unión Deportiva. El Club Deportivo Tenerife, el otro coloso del balompié canario, tampoco se atrevió a mover ficha en aquel verano de 1978 a pesar de los increíbles informes que Olimpio Romero les hizo llegar.

Uno de ellos, el más conocido, rezaba así“He dejado para última hora al mejor jugador de todos, que sólo tiene 17 años. Se llama Maradona, es zurdo, juega de interior izquierdo y, aunque no tiene mucha talla, es un espectáculo verlo jugar. Es valiente, rápido, tiene una técnica muy depurada, es muy hábil y de fuerte remate. Se mueve por todo el campo y la única manera de pararlo es a base de patadas”.

Junto a Redondo, en el césped del Heliodoro Rodríguez López.

Aquella negociación se vio impedida más por temas burocráticos que económicos y es que el elenco chicharrero acababa de bajar a la categoría de bronce del balompié nacional, escalafón en el que entonces no podían jugar extranjeros.

Esos fallidos intentos de fichaje acercaron el archipiélago canario al corazón de Diego, un corazón que hace ya varios meses dejó de latir.

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