Anelka. Simplemente él.

El futbolista galo ha sido un pintoresco personaje de nuestro balompié.

Históricamente, la ciudad de Versalles es conocida por el hecho de haber sido la capital del Reino de Francia durante casi dos siglos completos. Futbolísticamente, por el hecho de haber visto nacer y crecer a uno de los delanteros más prometedores de finales del pasado milenio.

Nicolas Anelka, hijo de inmigrantes martiniquenses, dejó huella -para bien o para mal- en todos y cada uno de los clubes en que disfrutó de una profesión que en más de una ocasión le trajo amargos momentos. Eso sí, hubo alegrías a partes iguales.

UNA TEMPRANA DEDICACIÓN

Por muchos es sabido que la Federación Francesa de Fútbol, a partir de ahora FFF, explota al máximo todos sus recursos por medio del Centro Técnico Nacional Fernand Sastre, comúnmente conocido como Clairefontaine.

Allí, apenas entrado en la adolescencia, llegó nuestro protagonista tras unos primeros años de vida en los que destacó en todo deporte que se dignó a practicar. El bueno de Nicolas poseía un físico espectacular, siendo su altura junto con la agilidad su principal argumento.

Unas instalaciones increíbles.

En el actual cuartel general del combinado absoluto francés -tanto masculino como femenino- la competencia era máxima y es que sólo los mejores de la región Île-de-France eran seleccionados para vivir allí una experiencia que no tendría término medio; los que menos pasarían a formar parte de alguna de las mejores canteras del país; los otros acabarían odiando un deporte tan simple como exigente.

De aquel laboratorio de estrellas salieron niños que años después se convertirían en estrellas mundiales como los Gallas, Louis Saha o Thierry Henry, el máximo anotador histórico de la selección bleu. También un imberbe Anelka salió victorioso de aquella batalla poniendo entonces rumbo al París Saint-Germain.

NUEVA VIDA, NUEVOS RETOS

El previo a la entrada a la edad adulta, si es que así puede llamarse a los 16 años, fue un periodo de intensos cambios para el joven ariete que pese a firmar con el conjunto parisino seguía ejercitándose durante la semana en Clairefontaine para los domingos buscar un ansiado debut en el máximo escalafón del balompié galo. Ese mismo año Nicolas decidió convertirse al islam para entonces recibir como nombre Abdul-Salem Bilal.

Sus primeros pasos fueron bien firmes e incluyeron goles.

Su progresión era imparable y fruto de ella Luis Fernández le permitió debutar un 17 de febrero de 1997 ante el Mónaco sin haber llegado a cumplir los 17 años de edad. El futuro que se le presentaba a Anelka era tremendo, pero bien pronto, ni siquiera un año después de aquel mágico momento, decidió poner rumbo -polémica de por medio- a un fútbol inglés donde el Arsenal le esperaba con los brazos abiertos.

UNA MONTAÑA RUSA

Su llegada al conjunto gunner fue eclipsada en cierto modo por las muchas estrellas que los londinenses reunían en sus filas. Poco a poco -trabajo y un montón de paciencia por parte de los técnicos- fue abriéndose un hueco en el once titular hasta deslumbrar en aquella famosa final copera ante el Newcastle donde su doblete permitió al conjunto de Wenger sumar un nuevo título a sus vitrinas.

La siguiente campaña fue de película. Todo el ataque pasaba por sus botas y se erigió como una de las estrellas del campeonato inglés lo que le permitió ser elegido como el jugador joven de la temporada, algo que traería consigo mucha cola.

Nicolas, quien sentía ser la estrella y fundamental pilar del equipo, exigió una subida de sueldo que acabaría propiciando su salida rumbo a España, en concreto a las filas del siempre exigente Real Madrid.

Su etapa en el Arsenal fue magnífica.

UNA PESADILLA

Sí, así es como define el galo su breve paso por España. Aterrizó en condición de estrella y bien pronto los problemas con la prensa e incluso con sus propios compañeros comenzaron a aflorar. La mejor noticia de aquella oscura temporada fue sin duda la consecución por parte del club blanco de la octava Champions League, siendo Nicolas de la partida en el encuentro de la final que les enfrentó a un conjunto che que poco o nada pudo hacer ante el elenco merengue.

El periplo por nuestra liga no se prolongó más de nueves meses, escenario que aprovechó el PSG para repescar por una cifra algo superior a los 30M a la que un buen día había sido su joya. Cierto es que el conjunto francés tampoco fue capaz de despertar a la bestia que llevaba dentro y acabó recalando en el Manchester City tras hacer de actor secundario en el Liverpool.

NUEVAS EXPERIENCIAS

En 2004/05 fueron los hinchas del fútbol turco quienes pudieron verlo de cerca tras su fichaje por el Fenerbahce, protagonista junto al Galatasaray del más conocido derbi otomano. Su aventura por aquellas tierras se prolongó por dos años hasta que recibió la llamada del Bolton, conjunto que tras una buena campaña hizo de puente para su fichaje por el Chelsea. Nicolas volvía a Londres.

Alguna de sus noches europeas en Turquía.

EN BUSCA DE ESTABILIDAD

Sin duda alguna, los mejores años del delantero galo fueron aquellos que vivió en las filas del conjunto azul. Cinco temporadas como cinco soles, algo hasta entonces inédito en él.

Aquella aventura tuvo un primer capítulo amargo. Anelka, quien en su estreno no fue capaz de anotar más de un tanto en liga, fue uno de los tristes protagonistas de la final de Champions League de 2008/09, ese duelo por todo lo alto contra los Red Devils y en el que Sir. Alex Ferguson -resbalón de Terry de por medio- acabó saliéndose con la suya.

Las siguientes temporadas fueron relativamente exitosas, al menos en el plano de clubes. Anelka se convirtió en el principal referente del ataque londinense llegando incluso a desplazar del once a Didier Drogba. Casi nada. Aquello le permitió ser el máximo goleador del conjunto inglés, así como alzar a los cielos el título que le reconocía como campeón de la Premier League.

Una dupla temida la que formó con el costamarfileño.

Pero llegó el verano, y con ello el Mundial de Sudáfrica. Aquel evento marcó un antes y un después en la carrera del ariete, y es que tras un teórico cruce de palabras con Raymond Doménech -seleccionador galo en aquel momento- fue expulsado del combinado nacional. Una situación que generó un ambiente prácticamente bélico en la concentración y que se saldó con un único punto en su casillero, cayendo eliminados de la cita y pasando a ser aquello una cuestión de estado.

Finalizado el verano volvió a un Chelsea en el que su protagonismo fue menguando hasta ser reemplazado un par de temporadas más tarde por un Fernando Torres que venía de brillar en Liverpool.

UN RETIRO DORADO

Sus últimos años fueron de los más provechosos, al menos en relación sueldo/rendimiento. Su vuelta al mundo le llevó a las filas del Shanghái Shensua chino donde ejerció como capitán y su más llamativa actuación tuvo lugar en el segundo encuentro al pelearse con un rival. Por cierto, casi olvidamos mencionar los más de doscientos mil euros semanales que allí percibía.

Anelka había sacado el billete de un tren que a punto estaba de llegar a destino pero que tendría en Turín y West Bromwich unas de sus últimas y breves paradas.

En 2015, tras dos décadas en activo donde alternó el más alto nivel con periodos de retiro espiritual, colgó las botas en el Mumbai City FC, el entonces recién creado conjunto de la Superliga India.

En el balompié hindú coincidió con Robert Pirés.

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