Amarilla, talento paraguayo

Una amplia y exitosa carrera le contempla.

Hay jugadores que, de una forma u otra, pasan por nuestro fútbol y dejan huella en él. Bien por su calidad, por su carisma o por la curiosa historia que esconden tras ellos. El caso de nuestro protagonista, el del ariete paraguayo Amarilla, es una combinación de todo ello.

Raúl Vicente Amarilla Vera, conocido por todos como Amarilla, nació a comienzos de la década de los ’60 en la ciudad paraguaya de Luque. La urbe, conocida por su tradición musical, respira fútbol por los cuatro costados y es que es la sede de la CONMEBOL -la confederación de la FIFA con menor número de federaciones asociadas- así como del Museo de Fútbol Sudamericano. No existe mejor lugar en el país para perseguir el sueño de triunfar en el balompié.

Amarilla, quién acabaría convirtiéndose en una figura del fútbol paraguayo, dio sus primeros pasos aún siendo un adolescente en las filas del Sportivo Luqueño. Con el conjunto de su ciudad natal debutaría en primera división a los 17 años de edad, algo que no pasaría desapercibido para un Real Zaragoza que entonces peinaba el mercado sudamericano y se adelantaba a los grandes clubes europeos.

Tal fue el interés del conjunto maño que medio año después voló hacia España para enrolarse en la filas del equipo aragonés. Su corta edad, unida a su inexperiencia en el balompié europeo, motivaron su cesión a un histórico Racing de Santander que navegaba por la categoría de plata. Con el elenco cántabro, y tras disputar 29 encuentros, acabaría ascendiendo a primera división, siendo fundamental su contribución con 9 tantos. Aquel joven jugador apuntaba maneras y ya era hora de que el público de La Romareda disfrutase de su juego.

Calidad, gol, inteligencia y visión de juego, esas eran las principales armas que manejaba un Amarilla que poco a poco iba dejando detalles. Tal sería su progresión que con apenas 22 años de edad estuvo a punto de ser galardonado como máximo goleador de la competición, pero un sólo tanto le separaría del bético Poli Rincón, quién con 20 dianas entró a la historia del conjunto verdiblanco.

Tras dos temporadas donde sus registros se vieron mermados, firmó por el FC Barcelona. En el conjunto culé, bajo las órdenes de Terry Venables primero y Luis Aragonés después, lograría una liga y otra Copa del Rey. De ahí recalaría en el fútbol paraguayo, al cual volvería de nuevo tras hacer escala en México, donde pasó una temporada en el Club América.

Fue a partir de ese segundo retorno al fútbol de su país cuando la leyenda comenzó a forjarse y su carrera alcanzó el culmen. Los últimos años de los ’80 estaban siendo difíciles para él. Tanto que se llegó a plantear su retirada del balompié profesional, algo que por fortuna no llegó a darse en aquel entonces. En el Olimpia volvió a sentirse importante y lideró a un conjunto que dominó durante un año el fútbol sudamericano.

Amarilla, quién repetimos estuvo a punto de dejar la práctica deportiva, llevó al conjunto de Asunción a la gloria. Con ellos lograría un histórico triplete, primero levantando la Copa Libertadores para luego acabar haciendo lo mismo con la Supercopa Sudemericana así como con la Recopa Sudamericana. Por si fuera poco, puso el broche a aquel mágico año cuando fue galardonado como el mejor jugador de toda América.

Tras convertirse en un ídolo de masas decidió probar fortuna en Japón, ya en su última etapa como futbolista. Allí volvió a alcanzar el éxito al conquistar la Copa Emperador con el Yokohama Flügels, para acabar dejando ya de manera definitiva una exitosa y curiosa andadura.

Pero Amarilla, tal y como él mismo reconoció, nunca llegó a cumplir su gran sueño, el de defender la elástica de su país de origen. Aún así, formó parte de las categorías inferiores de la selección española, con la que llegó a disputar dos encuentros oficiales y compartió vestuario con algún que otro jugador conocido, como los Míchel, Butragueño o Zubizarreta.

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